
El olor era apenas perceptible, era cosa de tiempo. El correo en la entrada estaba ya demasiado mojado para ser leído así que se acumulaban las cartas de quién jámas esperó respuesta. El perro, comiendo sus propias uñas, fue el primero en darse cuenta de no haberlos visto en varios días. Los vecinos, aliviados de no tener más ruído los viernes y sábados por las noches, sólo sonreían, no olfateaban.
Ya no recibían los quinientos pesos semanales los que recogían la basura. Mientras, al interior, un sonsonete a solitud corroía las paredes. Ella ya no le acompañaba así que no se escuchaba su voz tras los muros. ni siquiera los susurros al oído, ni siquiera el tostador, ni su película preferida, ni siquiera los vasos golpeándose en un brindis, ni la loza agolpándose en el fregadero, ni siquiera el último bostezo. Pero se seguían esperando, se seguían odiando en días sin sentido, en noches taciturnas.Pero se seguían esperando.
Ninguno se preguntaba el cómo estaban, ninguno se extrañaba en demasía a estas alturas, ni estaban dispuestos a brindarse un poco de calor.
Siguieron esperando, nadie los esperaba a ellos.
Ya no recibían los quinientos pesos semanales los que recogían la basura. Mientras, al interior, un sonsonete a solitud corroía las paredes. Ella ya no le acompañaba así que no se escuchaba su voz tras los muros. ni siquiera los susurros al oído, ni siquiera el tostador, ni su película preferida, ni siquiera los vasos golpeándose en un brindis, ni la loza agolpándose en el fregadero, ni siquiera el último bostezo. Pero se seguían esperando, se seguían odiando en días sin sentido, en noches taciturnas.Pero se seguían esperando.
Ninguno se preguntaba el cómo estaban, ninguno se extrañaba en demasía a estas alturas, ni estaban dispuestos a brindarse un poco de calor.
Siguieron esperando, nadie los esperaba a ellos.
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