lunes, junio 15, 2009

Acceso y espacio, un vagón de posibilidades

Nada más agradable que una estación inicial, lo denota el brillo en sus ojos o quizás, sencillamente es un resfriado. Lo que no está en duda es que al abrirse las puertas de los vagones del metro en esta primera estación llamada San Pablo, rápidamente se entra, se mira, se elige, se camina y se sienta mientras otros, siguen caminando, mirando eligiendo y sentándose.
Siguiente estación, el tren se detiene y nuevamente se abren las puertas, los ojos brillosos pululan en el andén atentos para hacer su entrada triunfal. La dinámica se asemeja a la estación anterior, algunos caminan y otros se sientan pero ya para la tercera parada no quedan muchos asientos, los pasajeros lo saben así que se apuestan mucho más atentos al borde del andén a mirar hacia dentro del tren mientras éste va reduciendo su paso hasta detenerse. Al subir y ante la disminuida capacidad de sentar pasajeros, quienes suben caminan menos, miran más, eligen menos, mucho menos y se sientan en el asiento que tengan más al alcance. Algunos caminan incrédulos de vagón en vagón tratando de encontrar alguno que haya quedado desocupado y otros sencillamente se quedan de pie y toman posición en las esquinas de cada vagón.
Se abren las puertas y muchos pasajeros suben en la estación Las Rejas, entre ellos, una anciana que poco a poco se abre paso entre sus cosubidores para sí alcanzar el preciado asiento que un joven, a penas verla, ya le estaba ofreciendo. Gesto muy aprobado por lo demás, sin embargo, no ocurre lo mismo en la estación Ecuador, cuando una señora morena, baja, que carga a su hija en brazos, debe conformarse con el costado de un asiento.
Solo algunos conversan. Conversación que se interrumpe por el altoparlante del cual suena una voz, una suerte de “Gran Hermano” quien advierte a quienes están sentados en el suelo que es una muestra de falta de educación y que están vulnerando la seguridad de los otros pasajeros. Se ponen de pie uno por uno.
En la estación Universidad de Santiago suben muchos jóvenes quienes rompen un poco con el esquema y usan todo espacio disponible como respaldo; puertas, asientos e incluso se usan a sí mismos como respaldo apoyándose los unos con los otros. Pero esta dinámica dura poco tiempo pues en la estación Estación Central, suben bolsos más que pasajeros por lo que mutuamente se piden permiso para posicionarse y mientras ocurre este movimiento, la señora morena puede sentarse, un pasajero dejo un asiento disponible tras bajarse en la estación antes mencionada.
El tren poco a poco va llenándose y aunque queda espacio en el medio de los vagones los pasajeros que van subiendo prefieren la cercanía a la puerta donde a penas suben se voltean para dar cara a quienes subirán en la siguiente estación. Usando el reflejo que proporciona el cristal de la puerta, se peinan, se miran entre ellos y a sí mismos.
A pesar de poco espacio que va restando, suben corriendo al escuchar el fatídico timbre que anuncia el cierre de las puertas para emprender la marcha.
De pronto, bajan muchos pasajeros y quienes están esperando en el andén, al ver el torrente de gente que baja, prefiere esperar a los costados de las puertas antes de poder abordar el tren, cosa que previamente había también advertido la voz del altoparlante.
El tren queda bastante más desocupado y, por consiguiente, tienen acceso a más espacio.
Dos mayores de edad suben al tren, son un hombre y una mujer y un joven se pone de pie para ceder el asiento a la anciana, el anciano lo mira asintiendo agradecido.
Mientras, hay un reposicionamento interior, algunos van a bajar así que hacen especies de enroques preguntándose: “¿baja?”. Si se asiente en la respuesta, quien pregunta toma la posición de quien responde. Es decir, los espacios que las personas que bajan dejan, las toman quienes ya están dentro, especialmente los asientos que son los más poblados en sus alrededores.
A pesar de que se está terminando el recorrido y solo quedan unas pocas personas en el tren, no se vuelve a dar lo que en el comienzo se vio. Ya no se eligen como si fuera un abanico de posibilidades, sencillamente se sientan y esperan que “el gran hermano” anuncie su destino final.

“Próxima detención, estación Escuela militar, Todos los pasajeros deben descender. Por su atención, muchas gracias.”

1 comentario:

caro dijo...
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