lunes, septiembre 21, 2009

El Transeúnte

No fue sencillo entrar en la lógica, no fue corto el deambular por una de las intersecciones más importantes de Santiago para encontrar un objetivo que cumpliera con mis propios requisitos. A priori que fuera alguien que hiciera algo fuera de lo común, que me presentara un desafío.

Al pasar por frente a un reconocido local de venta y consumo de pizzas, en la Plaza Baquedano, encontré un escolar caminando en dirección poniente por la vereda norte de la alameda. Caminaba a paso firme y seguro, pero a su vez lo hacía bastante apresurado, como si algo le inquietase. Le seguí, y me costó en un primer momento seguirle el paso, tanto así que al cruzar la primera calle hacia el poniente, Ramón Corvalán Melgarejo, quedé entrampado en una luz roja que nos alejó bastante. Era imperioso obtener información, no esperé y cruce con luz roja. Tan rápido como pude caminé para darle alcance al joven de cabellos lisos que por la nuca alcanzaban a tocar su camisa blanca. Al divisar el bolso cruzado desde el hombro izquierdo hacia la pierna derecha, plagado de parches ininteligibles traté sin disimulo de anotar algo; sus gestos, su postura al caminar, el vaivén de su cabeza acorde, suponía, a la música que iba escuchando. Pero nada, no pasaron muchos segundos e ingresó a un preuniversitario que estaba esperándolo, seguramente con la promesa de salir airoso de su PSU. Lo mismo pensé yo en algún momento, cuando frecuente una institución como aquella.

No pasaron muchos minutos y escuché los pasos de quien sería a quien seguiría, quizás con menos esperanza esta vez, un objetivo de entusiasmo, que revelara más que un sencillo caminar por la capital.

Estábamos llegando a la estación de metro Universidad Católica, y me mantuve a unos quince metros de distancia. Era un joven de alrededor de veintiseis años, de pelo corto que caminaba en dirección poniente por la Av. Libertador Bernardo O´ Higgins. De su hombro derecho colgaba un tirante de su mochila que empuñaba como si cargara doblones de oro en ella, la otra mano, por el contrario, esta distendida moviéndose con el vaivén del caminar. Vestía un cortaviento café claro, pantalones beige y unas zapatillas color marengo.
Al llegar a la calle José Victorino Lastarria viró hacia el norte. A causa de la velocidad que llevaba me ví forzado a apretar el acelerador motriz y caminar más rápido para no perderlo de vista, doblé y por un momento lo perdí, pero no fue mucho, había atravesado hacia la vereda poniente de la que, al encontrarse las intersecciones de José Victorino Lastarria y Padre Luis de Valdivia dobla a la izquierda y vuelve a la dirección poniente. Volvió a curar de vereda lo que ya me advertía mi movimiento siguiente, cruzar. En Victoria Subercaseaux viró hacia el norte y no hizo muchas cosas, solo caminar, lo que me trajo algo de decepción, necesitaba algo más. Pasamos frente al bar Don Rodrigo lo que no estuvo exento de recuerdos de noches en las que pasé con amigos o amigas a escuchar piano y beber unos vasos de ron bien conversados. Pero el, seguía caminando. Al llegar a Merced cruzó la calle Victoria Subercaseaux y por la vereda poniente siguió su marcha hacia el norte, la que concluyó en un inesperado viraje hacia la izquierda por Monjitas donde, sin mayor aviso, volvió a cambiar de acera, esta vez tomó el lado norte y poco a poco se acercaba al Metro Bellas Artes. Grandes esperanzas me llegaron pues, de tomarlo, quién sabe donde acabaría esta aventura. Dio unos cuantos pasos más, a metros del Metro, y dobló hacia el norte en Mosqueto donde a media cuadra se perdió en un edificio residencial.

Tras este par de intentos fallidos, por fin se pudo dar con una persona que acogía características inigualables para ser descritas durante el período de tiempo que fuese necesario. Eran las dieciséis y veinticinco hrs. del veintiocho de mayo del presente año.

Sujeto sumamente cano, de alrededor de sesenta y cinco años, de contextura relativamente gruesa, podría decirse unos ochenta kilos para su metro setenta y cinco de estatura aproximadamente. Y, por lo demás, tenía un caminar muy pausado.

Vestía una chaqueta de cuero café, pantalones de tela verdes bastante oscuros, calzaba unos zapatos cafés bastante gastados, no portaba objetos en sus manos tales como maletín o periódico, es más, su mano izquierda permaneció en el bolsillo izquierdo de su pantalón durante todo el trayecto.

Tenía un semblante bastante serio y u mirada parecía tener algo de desdén. Así caminó por la calle Huérfanos dirigiéndose hacia el oeste desde la calle Miraflores, ambas emplazadas en el centro de Santiago de Chile.

Miraba vitrinas sin mayor interés al parecer pues al alcanzar contacto con ellas cambiaba de dirección su cabeza para mira otra cosa. Se detuvo en un momento a media cuadra de Mac- Iver, para revisar su billetera, cosa que hizo forzando un poco su mirada cosa que se pudo apreciar gracias a que arrugó aún más el entrecejo y sus parpados bajaron para dejar sus ojos más pequeños de lo que normalmente tenía. Sacó un billete, guardó su billetera con su mano derecha en el bolsillo interior de su chaqueta y prosiguió su pausada marcha.

Su paso no varió en las cuadras siguientes, de tanto en tanto se acomodaba la chaqueta pero su actitud no se acomodaba, permanecía tal cual como lo ví en un primer momento. Me mantuve a quince metros, tal como lo hice con el joven hacía ya varios minutos.

Rascándose la nariz cruzó Paseo Estado hacia el poniente y de pronto se instala a mirar una vitrina. Me puse en un quiosco a un costado para ver mejor lo que estaba mirando, no era suficiente, tenía que saber precisamente lo que era, así que tomé el riesgo y me acerqué pero para mi suerte, antes de que yo llegase el había proseguido su marcha. “COMPAC PRESARIO $419 990. Sólo con tu tarjeta Ripley”. Era la sección de artículos electrónicos.

Pero antes de que pudiera proseguir la marcha, me ví forzado a mantener la vista en los artículos electrónicos pues estaba no a más de 5 metro viendo otra vitrina. Esta vez lo hacía con una suerte de júbilo, al proseguir la marcha me acerque a ver lo que estuvo mirando por tantos segundos. Eran unos mocasines negros que pertenecían a la misma multitienda, pero con un costo inferior al computador, claramente.

No podía creer lo que veía, al proseguir la marcha después de hacer mis anotaciones con respecto a los mocasines (Zapatos Marquis $23 990). En realidad, no que no podía creer era que no lo veía. Otra vez había perdido una oportunidad. Miré por todos lados, incluso me subí a una banca a cerciorarme de que esto podía ser posible. Traté por unos minutos de encontrar su cabeza cana, pero nada. Y bueno, al parecer no es tan difícil perder a alguien de colores tan vivos en una de las intersecciones más pobladas de Santiago, Paseo Huérfanos esquina Paseo Ahumada. O sencillamente que para seguir a una persona, no soy el más indicado.

Mi siguiente objetivo fue claro, emprender marcha a una cafetería y compartir la experiencia con Camilo, un compañero de clases.

1 comentario:

Alyssa. dijo...

que entretenido es leerte :)