De tiempo en tiempo pasa por las cabezas de todos el ambiguo sonido de la muerte y, como es natural, meramente por un instinto básico ,el de la sobrevivencia, es que nos plasmamos de dudas al respecto, quizás evadiendo este hecho, quizás simplemente por el no querer asumir que ese indeterminado pero inexorable momento llegará y de una forma tal que nadie sabe pero si espera saber cómo será. Este miedo a lo desconocido nos lleva, muchas veces a rehacer nuestras vidas continua y progresivamente, a ser más operantes, a lograr nuestras ambiciones, proyectos o inocentes sueños lo más rápido que podamos. A trabajar cabizbajos concientes de que la “vida” en sí, se nos pasa por los costados como el mismo sentido de ella. Por lo demás, tratamos enceguecidamente de encontrarle un sentido a la vida para cuando viejos nos sintamos más cómodos sabiendo que logramos nuestras metas. Sabemos bien que muy pocas veces lo logramos, pocas veces somos eficientes en cuanto a estos logros. De pronto la ambición entra dentro de nuestras arcanas lucubraciones y pedimos más tiempo, pedimos y rogamos a nosotros mismos, otros a Dios, que nos mantengamos fuertes en la fragua de la vida para conseguir más y más cosas. Pequeños detalles, pequeñas materialidades espirituales a esa altura para poder “descansar” en paz.
Pero no, no nos lo concedemos, no nos lo concede.
post scriptum: Texto escrito hace ya años...lo encontré de suerte.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario